Grande Pa!

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Un reciente artículo de The New York Times advierte sobre una práctica peligrosa en la comunidad científica: hacer pruebas con los propios hijos. El excelente blog Fogonazos reflexiona sobre la nota y cuenta la siguiente historia:

En junio de 1931, el psicólogo Winthrop Niles Kellogg decidió implicar a su hijo Donald, de 10 meses, en uno de sus experimentos. Para ello adoptó a una chimpancé de siete meses y la puso a convivir con el niño como si ambos fueran hermanos. Durante meses, el niño y el mono usaron las mismas cucharas, los mismos pijamas y hasta los mismos orinales, hasta que el científico descubrió que el experimento no estaba saliendo del todo como él esperaba: en lugar de adquirir los hábitos del niño, era el mono el que estaba socializando a Donald. Al cabo de un año el niño había aprendido a emitir una especie de ladridos, a lamer los restos de comida del suelo y a mordisquear sus zapatos como el mono.

Más allá de la anécdota, lo interesante es que muchos académicos siguen realizando pruebas con su propia familia. Por ejemplo, el bebe de la foto es el hijo y “experimento” de un profesor de MIT.
Para despedirme, dejo un video editadito -y muy simpático- de lo que hace un niño cuando lo dejan jugar solo por cuatro horas (también vía Fogonazos).

Caparrós sobre el 1549

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Muy buena nota de Martín Caparrós en Crítica sobre el milagroso amerizaje del vuelo 1549 de US Airways. También vean esta infografía de The New York Times.

Vivir para contarlo

Hay ciento cincuenta personas que lo saben y no nos lo cuentan. O quizá no lo saben, pero estamos convencidos de que sí. Hay –hubo hace diez días– ciento cincuenta hombres y mujeres a los que les dijeron, con menos palabras, que se iban a morir en uno o dos minutos, que pensaron lo que pudieron, que se prepararon si es que alguien puede prepararse, que se sorprendieron por lo rápido y lo lento que pasaba al mismo tiempo el tiempo, que se agarraron desgarrados de una manija inútil y esperaron el choque y sintieron el choque y después, de repente, notaron que vivían y que flotaban sobre un río casi helado y que muchos llegaban a salvarlos y que los periodistas les preguntaban cosas y más cosas y los parientes cosas y más cosas y los amigos cosas y más cosas porque todos queremos saber cómo es morirse –y ellos no nos lo cuentan. Yo lo seguí con brío: los leí en diarios americanos y locales, los escuché en radios y televisiones, y no hay manera: no lo cuentan.

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